El Error Cristológico de Lutero y la Creación del Estado

Un ejemplo de cómo el apartarse de la ortodoxia cristiana histórica puede traer efectos destructivos.

TEOLOGÍA

Youseff Derikha

1/5/20267 min read

En la historia del pensamiento occidental, pocos eventos han sido tan decisivos para la libertad y el orden social como el Concilio de Calcedonia en el año 451 d.C. Allí, la Iglesia estableció una fórmula teológica que serviría como el gran dique contra la tiranía: Jesucristo es "verdaderamente Dios y verdaderamente hombre", dos naturalezas inconfundibles, inmutables, indivisibles e inseparables. Esta definición no fue un simple tecnicismo abstracto reservado para teólogos o una disputa semántica sin relevancia práctica; fue, en esencia, la declaración de independencia del hombre frente al imperio, y por extensión a los estados modernos, y la base misma de la civilización occidental. Al desmitificar el poder político y limitar la autoridad eclesiástica, Calcedonia estableció que ninguna jerarquía terrenal es la fuente última de la verdad o la justicia, liberando así a la conciencia humana de la servidumbre totalitaria.

Al afirmar que solo Cristo une plenamente lo divino y lo humano sin confundirlos, Calcedonia despojó a cualquier institución temporal, ya sea el Emperador, el estado o la jerarquía eclesiástica, de pretensiones de divinidad. Si solo Jesucristo es el enlace entre el cielo y la tierra, ningún César puede reclamar ser el vicario divino ni la fuente última de la ley. La libertad occidental nació de esta limitación del poder humano bajo la soberanía trascendente de Dios.

Sin embargo, siglos más tarde, en el fervor de la Reforma, Martín Lutero, en su intento apasionado de defender una doctrina sacramental, agrietó este fundamento. Sin buscarlo conscientemente, su error cristológico sembró las semillas que germinarían siglos después en la filosofía idealista alemana, dando a luz al monstruo moderno del estado totalitario que reclama soberanía absoluta sobre la vida del hombre.

El Error: Finitum Capax Infiniti

El conflicto surgió en torno a la controversia de la Santa Cena. Lutero, aferrado a una interpretación necia y literal de "esto es mi cuerpo", insistió en la presencia física sustancial de Cristo en, con y bajo los elementos del pan y el vino. Para sostener esto teológicamente, se enfrentó a un problema logístico y metafísico: ¿Cómo puede el cuerpo físico de Jesús, que ascendió al cielo y retiene las propiedades de una verdadera humanidad (incluyendo la localización), estar presente simultáneamente en miles de altares alrededor del mundo?

La respuesta de Lutero fue la doctrina de la Ubicuidad. Argumentó que, debido a la unión de las naturalezas en Cristo (communicatio idiomatum), la naturaleza humana absorbió atributos exclusivos de la divina, específicamente la omnipresencia. Para justificar esto, Lutero revivió y defendió vigorosamente la máxima: Finitum capax infiniti (lo finito es capaz de contener lo infinito). Esta proposición sugiere que los límites de la creación pueden ser trascendidos y que un receptáculo finito y creado puede expandirse para albergar la plenitud del ser infinito de Dios.

Para la ortodoxia de Calcedonia y la tradición Reformada posterior (calvinista), esto constituía una violación grave de la cláusula "sin confusión". Atribuir omnipresencia al cuerpo humano de Cristo es destruir la integridad de su humanidad; es crear una naturaleza híbrida que ya no es verdaderamente humana (limitada, localizada y dependiente) ni verdaderamente divina (increada y absoluta). Al borrar los linderos que definen lo creado, se disuelve la realidad de la encarnación histórica en favor de una metafísica especulativa. Pero el peligro real trascendía la teología sacramental; residía en las implicaciones ontológicas de esta postura. Si la naturaleza humana de Cristo podía ser divinizada y contener lo infinito, se había roto la barrera absoluta entre el Creador y la criatura. Se establecía el precedente de que lo humano (lo finito) podía convertirse en el portador legítimo de lo absoluto (lo infinito).

Sin quererlo, este error de Lutero lo llevó a contradecir su propia declaración fundamental sobre Dios como el "Totalmente Otro". Mientras que en su lucha contra el papado y el escolasticismo, Lutero defendía apasionadamente la trascendencia de Dios y la incapacidad de las obras humanas para alcanzar lo divino, su teología sacramental tendió un puente peligroso sobre ese mismo abismo que buscaba proteger. Al insistir en que la humanidad de Cristo participaba de la omnipresencia divina (ubicuidad), Lutero colapsó la distinción cualitativa y esencial entre el Creador y la criatura. Si la carne finita puede expandirse para contener la infinitud divina sin dejar de ser carne, entonces la barrera ontológica que protege la majestad de Dios se desmorona. Esta inconsistencia teológica no fue trivial; al naturalizar lo sobrenatural en la persona de Cristo, dejó abierta la puerta para que la filosofía alemana posterior naturalizara a Dios completamente, absorbiéndolo en el proceso histórico y eliminando la trascendencia necesaria para juzgar a las instituciones humanas.

De la Teología a la Política

Las ideas tienen consecuencias, y los errores teológicos fundamentales tienen consecuencias sociales devastadoras. La "miasma" del error luterano no se quedó confinada en los libros de dogmática eclesiástica; se filtró hacia la estructura misma del pensamiento filosófico alemán.

Cuando la Ilustración y el Racionalismo comenzaron a erosionar la fe en el Dios bíblico trascendente, la estructura mental que Lutero había legado (la capacidad de lo finito para portar lo infinito) permaneció intacta, pero secularizada. Los filósofos idealistas alemanes, culminando en Hegel, se apropiaron de esta doctrina de la ubicuidad y la trasladaron del Cristo histórico a la historia humana y a sus instituciones. La dialéctica hegeliana absorbió la cristología luterana de la inmanencia, transformando la encarnación en un proceso continuo dentro de la historia universal.

Si ya no miramos al Cristo ascendido como el único punto de unión entre Dios y el hombre, ¿dónde reside ahora lo divino? Para la filosofía alemana, lo divino se hizo totalmente inmanente. El Espíritu Absoluto no estaba "allá arriba", sino desarrollándose "aquí abajo". Y su máxima expresión no era una hostia en un altar, sino una institución política.

La respuesta de Hegel fue aterradora y lógicamente derivada de estas premisas: El estado. Para Hegel, el estado no era simplemente un administrador de justicia civil encargado de proteger al inocente, sino "el ingreso de Dios en el mundo", la encarnación de la Idea Divina y la Razón sobre la tierra, o en sus propias palabras, "el dios que camina sobre la tierra". La inmanencia radical había triunfado sobre la trascendencia bíblica. Al destruir la distinción de Calcedonia, la filosofía transfirió las prerrogativas exclusivas de Cristo a la institución política del estado. El estado se convirtió en el nuevo mediador, el nuevo salvador y la fuente última de la verdad y la ley.

Las Consecuencias: La Tiranía de la Inmanencia

Las implicaciones de este giro teológico-político son las que definen la crisis del mundo moderno y el surgimiento de los totalitarismos del siglo XX (tanto el nazismo como el marxismo son herederos de esta inmanencia):

  1. La Muerte de la Ley Trascendente: Si el estado es la manifestación de lo divino en la historia, no existe una ley superior (Ley de Dios) fuera del estado a la cual el ciudadano pueda apelar para juzgar al estado. La ley positiva del estado se convierte en absoluta, desplazando a la ley natural o bíblica. Ya no se "descubre" la ley en el orden creado por Dios, sino que se "crea" la ley por el fiat legislativo del hombre. Lo que el estado dice que es correcto, es correcto por definición, independientemente de la moralidad objetiva. El concepto de "justicia" se separa del carácter inmutable de Dios y se convierte en sinónimo de la voluntad cambiante del estado o del pueblo. Esto es la esencia del totalitarismo jurídico: la imposibilidad de apelar a un tribunal superior al del César.

  2. La Salvación por la Política: Al absorber funciones divinas, el estado moderno asume el rol de redentor. Ya no se limita a castigar el crimen (justicia negativa); ahora busca agresivamente salvar al hombre (justicia positiva). El estado mesiánico promete seguridad total de la cuna a la tumba, buscando eliminar la pobreza, la enfermedad y la ignorancia mediante el poder coercitivo. La educación estatal se convierte en el medio de regeneración secular, intentando crear un "hombre nuevo" moldeado a imagen del estado en lugar de a imagen de Dios. La política deja de ser la administración limitada de la justicia civil y se convierte en una cruzada religiosa secular para establecer el paraíso en la tierra, exigiendo a cambio la devoción total y el sacrificio de sus ciudadanos.

  3. La Pérdida de la Libertad: Como argumentamos al principio, Calcedonia fundó la libertad occidental al declarar que el poder absoluto pertenece solo a Dios y que todas las instituciones humanas son limitadas y derivadas. Al divinizar lo humano (vía el error de la ubicuidad trasladado a la política), el individuo queda desnudo e indefenso ante el poder omnímodo del estado. No hay "derechos inalienables" otorgados por un Creador trascendente que el estado deba respetar, sino solo concesiones temporales y privilegios revocables otorgados por el estado divino según su conveniencia. La libertad se redefine radicalmente: ya no es la "libertad frente al estado" bajo la ley de Dios, sino la "libertad dentro y a través del estado", entendida como la sumisión voluntaria a la voluntad colectiva.

Conclusión

El error de Lutero, nacido de una disputa aparentemente menor sobre la Cena del Señor, terminó derribando las defensas teológicas contra el totalitarismo y el posterior estatismo de la edad moderna. Al permitir la confusión de las naturalezas y afirmar que lo finito es capaz de lo infinito, abrió la puerta intelectual para que lo temporal reclamara eternidad y el poder político reclamara soberanía absoluta.

La recuperación de la libertad en Occidente no vendrá simplemente de nuevas teorías económicas o ajustes en las urnas, sino de un retorno a la ortodoxia de Calcedonia. La batalla es fundamentalmente teológica. Solo cuando reconozcamos que Jesucristo es el único Dios-Hombre, y que ninguna institución humana, ni el estado, ni la iglesia, institucional y ni la humanidad, puede reclamar sus atributos divinos, podremos despojar al estado de su manto sagrado usurpado y desmantelar al ídolo. Solo entonces podremos volver a recuperar al gobierno civil a su lugar legítimo y limitado: no como un estado (dios sobre los hombres), sino como un humilde ministro de justicia bajo Dios.